Podría decirse que soy un niño próspero. Nací el mismo día que el Deutsche Mark: el 20 de junio de 1948. A partir de entonces, los estantes de los supermercados, que habían estado esqueléticos desde la Segunda Guerra Mundial, volvieron a llenarse. Cada ciudadano de la RFA recibió 60 DM para empezar a vivir. Comenzó el llamado "milagro alemán", impulsado por el Plan Marshall y el fin de los cigarrillos estadounidenses como moneda de cambio.
También soy un niño fronterizo. Llegué al mundo en Helmstedt, a solo 2 km del Telón de Acero físico que dividía Alemania y Europa. Mi pueblo estaba en uno de los bordes de la zona de ocupación británica, que lindaba con el confín de la RDA. Era lo que se conocía como Zonenrandgebiet. Allí la frontera no estaba delimitada por un muro, como en Berlín, sino por una valla con sus torres de control y puntos de disparo.
Era mi ecosistema. Lo naturalicé como los niños naturalizan casi todo.
En el colegio, durante los años cincuenta, cuando aún resonaban en el país los ecos de la guerra, jamás se hablaba de historia reciente. Tampoco de la división del país. Tal vez tuvo que ver que muchos de nuestros profesores eran exnazis. Los libros de historia se terminaban en 1928. El nacionalsocialismo era un tabú. Un intento de convertirlo en un espacio en blanco en nuestra conciencia.
En 1966 me matriculé en Derecho en la universidad de Kiel, en la región más septentrional de Alemania, a orillas del Mar Báltico. Pasé el peor invierno de mi vida: los -15ºC se sentían como -25ºC. Fue horrible.
Huyendo del gélido norte, acabé "refugiándome" en Berlín Oeste. Muchos pensaban que lo hacía para librarme del servicio militar, ya que ese era el único lugar de la Alemania Occidental donde la mili no era obligatoria. Pero nada más lejos de la realidad. La ciudad me atraía mucho. Ya la había visitado de niño y la recordaba fascinante. Y sí, de paso, no hice la mili y tampoco me importó mucho. (Ríe)
Entré en la Freie Universität justo cuando estallaron las violentas revueltas estudiantiles de 1968. Los primeros meses estuvieron colmados de manifestaciones. Marchamos contra Washington y la guerra de Vietnam bajo el grito "¡Ho-Ho-Ho Chi Minh!". Fuimos la primera generación de alemanes que repudió las políticas de los estadounidenses.
Organizábamos boicots a profesores conservadores. Tienes que saber que Berlín Oeste, a nivel político, era muy reaccionario. El movimiento estudiantil fue reprimido, no solo por las fuerzas del orden, sino también por los ciudadanos. Nos decían:
"¡Si tan comunistas sois, iros al otro lado del muro!"
El periódico Bildzeitung metió mucha cizaña. Desde el diario conservador llevaban años promoviendo un boicot al uso del S-Bahn. Y es que el tren metropolitano, que tenía varias líneas en el Oeste de la ciudad, era administrado por la RDA. Nos alentaban a que no nos subiéramos en él para no "financiar" el muro de Ulbricht. Una vez me llegaron a dar un empujón desde un andén para impedir que entrara en el tren.
Más tarde, en los setenta, llegó el movimiento pacifista contra la carrera armamentística de la OTAN y sus misiles Pershing. Lamentablemente, el movimiento estudiantil comenzó a radicalizarse. Había un brazo militante que defendía el leninismo de Moscú y el otro, el maoísmo de Pekín. Yo nunca me consideré comunista. Y mucho menos, violento. Todo aquello me empezó a dar miedo. Así que me fui. Algunos de los que se quedaron hicieron carrera política después en el partido de "Los Verdes". Además, tenía que pasar mis exámenes, y eso era impostergable: vivía de una beca que me daba el Estado, necesitaba esos 600 DM cada mes.
Los años que pasamos encerrados dentro de aquel muro fueron bellos. Fue una suerte. Berlín Occidental era un oasis cultural. Teníamos una oferta estupenda y siempre ocurrían muchísimas cosas interesantes: nuevas vanguardias artísticas y musicales, conciertos, espectáculos... Como la ciudad era la niña mimada para la RFA, cuando una banda hacía un tour por el país, en los contratos se incluía una cláusula que obligaba a hacer como mínimo un espectáculo en el Berlín "de los americanos". Diría que era casi una condición política. Éramos el escaparate de la abundancia y felicidad occidental dentro de territorio soviético.
Para los estudiantes era un chollo. Prácticamente todos los días teníamos algún plan cultural. Y los que trabajaban, cobraban la "Berlinzulage": un 8% de subvención del salario base. Vamos, que no nos podíamos quejar. Sentía ternura por los amigos que venían a visitarnos desde algún otro rincón de la RFA y nos daban sus condolencias:
"¡Hay pobres de vosotros, que vivís encerrados!", nos decían.
Cuando se iban, nos reíamos. No sin cierta malicia.
¿Sabes qué otra maravillosa particularidad tenía Berlín Oeste? No había toque de queda. En la ley alemana se llama "Polizeistunde" y regula los horarios de cierre de los locales y restaurantes. Mientras en el resto de la RFA, por ley, estaban obligados a cerrar antes de medianoche, en nuestro Berlín, los bares podían abrir 24 horas. Eso era porque la urbe, controlada por las fuerzas de ocupación occidentales, política y jurídicamente tenía un estatus especial e independiente.
Berlín estaba repleto de jóvenes que no querían irse a dormir. Yo me pasaba muchas noches en la histórica taberna Henne de Kreuzberg, donde entonces, como hoy, se podía comer el mejor pollo asado de la ciudad. El local estaba en una de esas calles berlinesas que se enfrentaban cara a cara con el muro.
Para los estudiantes, los billetes de avión eran baratísimos porque estaban subvencionados. Además de Lufthansa, volábamos con Air France, British Airways y Pan American. Una vez, durante un interminable e infumable invierno berlinés en el que no había visto un rayo de sol en meses, me compré por 27 DM un billete de avión de ida y vuelta a Hannover. Así pude sobrevolar las nubes y regodearme unos minutos en la luminosidad de ese sol que sabía aún existía tras el encapotado cielo.
Viajar por tierra era un poco más complicado. Berlín Occidental estaba conectado a la RFA solo por tres autopistas: una al norte, otra al oeste y otra al sur. Para poder circular por ellas, los "Westberliners" necesitábamos obtener un visado de tránsito de las autoridades fronterizas de la RDA. Una de esas tres carreteras me llevaba directamente a mi pueblo.
Costaba unos 10 DM y ocupaba una página entera del pasaporte. Como iba mucho a ver a mis padres, tenía que renovar el documento cada dos años. Las gestiones eran eternas, especialmente durante las vacaciones de Navidad y Pascua. El viaje entre Berlín y Helmstedt nunca duraba menos de cuatro horas. Hoy lo haces en 90 minutos.
De Berlín Este me atraía especialmente su oferta cultural, sobre todo en lo que respecta al teatro. Tenían los mejores escenarios de toda Alemania: el Deutsches Theater, la Volksbühne, el Gorki y el Berliner Ensemble. Precisamente en este último tuve la fortuna de ver sobre el escenario a la mítica Helene Weigel, la viuda de Bertolt Brecht, encarnando a la revolucionaria Pelagea Wlassowa en "Die Mutter" (La madre), una adaptación brechtiana de la obra homónima de Gorki. Jamás lo olvidaré. ¡Fue un verdadero regalo del destino!
Solía cruzar al lado oriental unas cinco o seis veces al año. Solo tenía que hacerme un visado en Bahnhof Zoo, que costaba 5 DM, más el cambio de 25 DM a Ostmark en el paso fronterizo. Era todo tan barato que no sabíamos cómo gastar el dinero. Una cerveza costaba 37 Pfennigs (céntimos). Gastábamos, gastábamos y siempre nos sobraba dinero. Normalmente nos metíamos en una librería y lo amortizábamos todo en libros.
Si aún nos sobraba algo de calderilla, al regresar lo echábamos en unas huchas que habían instaladas en algunos puestos fronterizos para colaborar con la ayuda humanitaria a países socialistas como Vietnam o Cuba.
La ciudad per se me parecía horrenda: era oscura, las fachadas grises y repletas de boquetes, todo roto. Pero lo que menos soportaba era el olor que despedían los tubos de escape de los Trabant: ese aroma fuerte, dulce y asqueroso del humo de su carburante barato, mezcla de gasolina y aceite.
Cuando comenzó la revolución social en la RDA a mediados de los ochenta, no nos enteramos de nada. Sus medios, todos oficialistas, hasta el final no comenzaron a informar sobre las manifestaciones antigubernamentales. Aquella “revolución disidente”, desde el lado occidental del muro, era, para nosotros, bastante silenciosa.
No fue hasta bien entrado 1989 cuando vimos por la televisión algunas de las multitudinarias marchas en Leipzig o Berlín, o las masivas huidas del verano a través de Checoslovaquia o Hungría. Por eso, la caída del muro nos pilló tan desprevenidos.
🎥 [Detlev estaba en la Deutsche Oper con su mujer cuando la caída del muro de Berlín dio la vuelta al mundo. No se enteraron de nada. A la mañana siguiente, sin embargo, se extrañó al notar que de la calle llegaba un olor muy singular. Hasta ese momento, solo había experimentado ese aroma "dulce y asqueroso" en sus visitas a Berlín Este].
Tras la caída del muro vino la obsesión con los plátanos. En el Este era muy difícil conseguir esa fruta. Incluso a día de hoy, la compra de plátanos en la zona oriental del país duplica la de Occidente. En muchas fruterías turcas llegué a ver que ofrecían 1 kg de plátanos gratuito si se les mostraba un documento de la RDA.
Las tiendas estaban llenas de Ossis. Venían a gastarse su "Begrüßungsgeld", un vale de 100 DM que les sufragaba la RFA como regalo de bienvenida. Era todo una borrachera consumista que, con el paso del tiempo, fue a peor. Tras tres semanas no lo podíamos soportar más. Mi mujer y yo nos fuimos a Hamburgo para poder ver una “ciudad normal”.
La euforia por la reunificación se disipó rápidamente cuando miles de germanoorientales fueron despedidos de sus históricos e imprescindibles puestos de trabajo. Se cerraron un sinfín de empresas de la antigua RDA, miles por semana.
Hoy, Berlín está completamente fusionado. Hay muchos Wessis en el lado oriental y viceversa. Pero al principio, las diferencias entre ambas idiosincrasias eran mucho más patentes.
Un ejemplo. En los años noventa, comenzaron a abrir un montón de salas de cine en Berlín Este. Eran modernas, con asientos espaciosos, todo tipo de comodidades y las carteleras más actualizadas. Como buenos cinéfilos, al principio acudimos a bastantes proyecciones. Aquello duró poco.
Casi sin darnos cuenta, con el tiempo, regresamos a nuestros cines de barrio y a sus asientos viejos e incómodos. Hablando con mi mujer, llegamos a la conclusión de que ver películas en el Este nos resultaba raro. Subyacía una particular disparidad que se sentía entre el público de la sala: las risas. Allá se reían en momentos del filme que a nosotros no nos provocaban ninguna gracia. Y al contrario, a veces nos quedábamos solos riéndonos. Era rarísimo.
No es un juicio peyorativo, ni mucho menos. Simplemente nos dimos cuenta de que, pese a compartir un idioma, una cultura y una historia, en algo tan intrínseco como el humor, éramos completamente diferentes.
🗺️📍 Helmstrasse: La geolocalización señala la calle desde la que, el 10 de noviembre de 1989, percibió con sorpresa un olor que solo asociaba a Berlín Oriental. Detlev falleció en Berlín en diciembre de 2022.